Fernando Meligeni, brasileño también en el fútbol

Sábado 7 de julio de 2012.– Son muchos quienes describen a Fernando Meligeni como más brasileño que la mayoría de los brasileños. Y es así porque el ex tenista, de 41 años, no solo es brasileño, sino que ha elegido serlo.
Nacido en Buenos Aires, Fininho se mudó de niño a Brasil con sus padres, y aunque regresase a Argentina para formarse como tenista juvenil, siempre ha querido subrayar su condición de brasileño, ya sea al disputar 29 partidos de la Copa Davis, al ganar la medalla de oro de los Juegos Panamericanos de 2003 o al envolverse, entre lágrimas, en la bandera verde y amarilla.
En esta serie de entrevistas de FIFA.com con personalidades de otros ámbitos, hablamos con el antiguo número 25 del mundo y dueño de tres títulos de la ATP sobre su relación con el fútbol, deporte que tanta pasión levanta en sus dos países, el de nacimiento y el de su corazón.
Empezaremos por el tema que tantas veces surge al hablar con usted, aunque ahora en el plano futbolístico. En la Copa Mundial de la FIFA, ¿apoya a Brasil o a Argentina?
(Risas) Apoyo a Brasil. Soy brasileño, así de simple. Claro que siento un cariño enorme por Argentina: es el país en el que nací, el país de mis padres. Pero el ser humano pasa por transformaciones, y mi transformación en brasileño es muy especial. Mi hermana, por ejemplo, se mudó acá conmigo, pero hasta hoy no tiene ninguna duda: anima a Argentina. Creo que la gran diferencia está en cuando uno representa al país, como yo hice tantas veces con Brasil en la Copa Davis, en los Juegos Panamericanos...
Pero sus primeros recuerdos de la Copa Mundial de la FIFA son de Argentina, ¿no?
Ah, eso sí. Recuerdo muy bien cómo mi padre estalló de alegría con el título de 1978, y después cómo todos nosotros celebramos el de 1986. Pero, después de eso, ya asocio Mundial con el país que escogí. Incluso hoy, en casa, todo el mundo bromea cuando juega la selección brasileña: “mira, tu equipo, ahí en la cancha” (risas).

Jugar al fútbol es uno de los pasatiempos preferidos de muchos tenistas en el circuito, ¿no?
Sí, sin duda. De muchísimos. Sobre todo los brasileños, argentinos y españoles: tres países apasionados por el fútbol y que, en general, tienen a muchos tenistas viajando juntos en torneos de tierra batida, que son los preferidos en esas escuelas. Durante mucho tiempo, varios de esos torneos —incluido el Brasil Open, cuando se celebraba en la Costa do Sauípe— tenían como evento obligatorio un partidillo entre los tenistas. Pero entonces la cosa se fue haciendo demasiado intensa y algunos se lesionaron (risas). Hoy es más difícil ver a la gente disputando un partido en serio, pero en el circuito a muchos les apasiona el fútbol.
Además, no solo jugar, sino asistir a los partidos. Esa es una de las grandes ventajas que tenemos cuando viajamos: la organización de los torneos sabe que nos encanta, y siempre consigue entradas para que podamos ir a los estadios. A lo largo de mi carrera, pude ver muchísimos grandes partidos como invitado: del Bayern de Múnich, el clásico Roma-Lazio, dos Barcelona-Real Madrid... Se convierte en un programa obligatorio. Y yo, en aquella época, me aprovechaba de la fama de Guga [el brasileño Gustavo Kuerten, ex número uno del mundo] e iba gratis a todos los sitios (risas).

Y, entre todos esos, ¿hay alguno especial?
Hay una historia bárbara de 1998, en el ATP de Gstaad, en Suiza. Guga y yo fuimos derrotados en la segunda ronda de sencillos, y luego él aceptó una invitación irrechazable, para asistir a la final del Mundial, en París. Pero llegamos a la final de dobles, el domingo, ¡el día del partido! Entonces, fuimos a la pista, con un ojo en la bola y otro en el reloj, para que nos diese tiempo de subir al avión e ir a Francia para ver a Brasil en la final. Nuestros adversarios eran Cyril Suk, checo, y Daniel Orsanic, argentino, amigo nuestro desde hacía mucho tiempo. Fue tremendo: Guga y yo desesperados para que acabase la partida y, en cada cambio, Orsanic andaba despacísimo adrede, nos decía: “Mira, siento un dolorcillo… creo que voy a pedir tiempo médico. Ustedes no tienen prisa, ¿no?” (risas). Al final Guga y yo ganamos en dos sets y aún llegamos a tiempo para el partido, todo perfecto. Quiero decir, todo menos el partido, ¿no? (risas).

Usted, que ya ha representado tantas veces a Brasil, ¿cree que jugar en casa será un factor determinante para la Seleção en 2014?
Pues sí, ahí existe una gran diferencia entre el tenis y el fútbol. Para mí, siempre suponía un incentivo. Incluso cuando las cosas iban mal, como cuando perdimos contra Australia en Florianópolis en la Copa Davis, por ejemplo: yo nunca sentí la presión de jugar en casa. Me entristeció decepcionar a la gente, pero nunca me sentí bajo presión. Pero con el fútbol eso cambia: la presión va a ser un inconveniente. Cuando se trata de fútbol, el brasileño es demasiado pasional. Creo que la presión para que la Seleção gane acá en 2014 va a ser la mayor que haya tenido un equipo en toda la historia.

¿Qué espera del ambiente de Brasil durante el Mundial?
Va a ser un Mundial estupendo, distinto a lo que mucha gente está acostumbrada a ver en Europa: la situación aquí es diferente. Pero creo que supone una ocasión idónea para que aparezca una característica espectacular del pueblo brasileño, que es ese lado simpático, amable, hospitalario, siempre con una sonrisa en el rostro. Y más aún durante el torneo: el país va a vivir en función de eso. Quien venga se divertirá muchísimo, sin duda, al margen de los propios partidos.

*Con información de la FIFA

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