Domingo 17 de junio de 2012.– "No soy entrenador ni mago. Las cosas, como son. Mentiría si dijera lo contrario", previno el italiano Marco Simone en septiembre de 2011 al hacerse cargo de la plantilla del Mónaco, a la sazón ocupante del 18º puesto de la Ligue 2. "Pero sé de fútbol después de 18 años como profesional y tengo argumentos para mejorar el equipo y poner a los jugadores en las mejores condiciones".
Así fue. A su llegada, el ex internacional italiano no hizo milagros. El AS Mónaco terminó octavo en la clasificación y despidió a su estratega al final de la temporada. La sorpresa fue general, porque es justo reconocer que los primeros pasos de Simone como técnico habían sido convincentes. En paralelo a su evolución en la tabla, su equipo no había cesado de progresar, proponiendo un fútbol espectacular y rigurosamente orientado al ataque. Un juego a imagen y semejanza de su mentor italiano.
A lo largo de su carrera, Marco Simone no cesó de regalar a sus admiradores filigranas técnicas y goles sacados de la chistera. Del AC Milan al París Saint Germain pasando por el Mónaco, no dejó sino gratos recuerdos por dondequiera que jugó. En exclusiva para FIFA.com, el ex azzurro abre su baúl de los recuerdos y nos habla de su nueva vida en las casetas.
Sr. Simone, acaba de vivir su primera experiencia como entrenador. ¿Le ha gustado tanto como la de jugador?
El oficio de entrenador es muy intenso. Evidentemente este trabajo no acaba con las sesiones de entrenamiento. Sigue después de las prácticas sobre el campo y se prolonga hasta muy tarde. Siempre tienes partidos que preparar, adversarios que estudiar. No cesa nunca. Pero en algunos aspectos concretos los dos oficios son muy similares, y debo confesar que la sensación que siento cuando uno de mis jugadores marca el gol de la victoria es idéntica a la que tenía cuando era yo quien sacudía las mallas.
Tomó el mando del club cuando era 18º en la clasificación. El Mónaco acabó 8º. ¿Está satisfecho con su trabajo?
Mi satisfacción personal estaba ligada, por un lado, a la calidad del juego propuesto por mi equipo, y por otro lado al resultado. El resultado está ahí, dado que logramos mantener la categoría. En cuanto a la forma de conseguirlo, soy consciente de que debo mejorar. Pero estoy satisfecho, teniendo en cuenta que era mi primera experiencia en los banquillos. El balance global es positivo.
Usted ha jugado a las órdenes de grandes entrenadores, como Arrigo Sacchi, Fabio Capello y Alberto Zaccheroni, entre otros. ¿De quién extrae mayor inspiración?
Yo citaría a Arrigo Sacchi y a Fabio Capello, con una ligera preferencia por el primero. Para Sacchi, la táctica era el fundamento de todo. Sus sesiones de entrenamiento giraban en torno a esa idea. Trabajábamos una barbaridad la manera de ocupar los espacios, la colocación, el desplazamiento. Para él, el terreno es lo más importante y lo demás le preocupa menos. Capello, en cambio, es un ejemplo por su manera de gestionar el grupo. Es un auténtico gestor, excelente en lo que atañe a la comunicación.
¿Por qué empezó su carrera como entrenador en el Mónaco?
Porque es un club formidable, siempre lo he llevado en mi corazón, y me unen a él lazos muy fuertes. Además decidí vivir aquí tras mi retirada deportiva. Mónaco se ha convertido en cierto modo en "mi país". Es fantástico llegar a entrenar algún día en uno de los clubes que quieres. Y en general me gusta Francia; siento fuertes vínculos con ella; me atraen su campeonato y su mentalidad.
Usted conoce bien la liga francesa. ¿Hay algún jugador que le llame la atención más que los demás?
Kevin Gameiro es un jugador que me fascina, y al que me encantaría tener en mi equipo.
Pequeño, rápido y temible de cara a la portería. Es un delantero que se le parece…
Sí, es verdad. Pero no lo aprecio sólo por eso. No soy narcisista hasta ese punto (ríe).
¿Cuál es el mejor recuerdo de su carrera como futbolista?
Me vienen dos a la mente. El primero engloba todos los trofeos que levanté con los clubes por los que pasé: AC Milan, Mónaco y París. Con los tres equipos viví momentos muy intensos. El segundo recuerdo data del día en que llegué a Milán cedido por el AS Mónaco, en 2001/02. El recibimiento que me dispensaron los 90.000 espectadores de San Siro cuando salté al campo fue algo que no he podido olvidar. Yo había dejado el club en 1998 y fue muy emotivo regresar en esas condiciones. No puedo quitarme esa escena de la cabeza.
Usted tuvo la suerte de jugar con seis Balones de Oro: Marco van Basten, Ruud Gullit, Jean-Pierre Papin, Georges Weah, Andriy Shevchenko y Roberto Baggio. ¿Cuál de ellos le dejó una impresión más honda?
Sin duda, Marco van Basten. Es el más grande. Es un jugador que siempre me ha impresionado, tanto en los entrenamientos como en los partidos. Era extraordinario verle jugar. Atesoro la suerte de haber podido entrenar con él.
¿Qué juicio le merece la actual Squadra Azzurra?
Ha habido modificaciones, algo que Italia necesitaba, porque aunque el equipo había registrado resultados positivos, sus jugadores estaban envejeciendo. Han cambiado algunas cosas en el seno de la Federación, y en esa tarea Arrigo Sacchi y Roberto Baggio han desempeñado un papel clave. En suma, el equipo es más joven, tiene más frescura y funciona conforme a un plan de juego diferente, un poco menos defensivo. Tengo grandes esperanzas puestas en la Nazionale en la Eurocopa de 2012.
¿Es su favorita para ganar la Eurocopa?
Italia es una de mis favoritas, además de España, Francia y Alemania. Francia está muy bien diseñada, desde mi punto de vista. Tiene talento, y puede ganar la Eurocopa. Laurent Blanc está haciendo un buen trabajo, y ha sabido aprovechar su experiencia en el fútbol de clubes.
¿Sueña con el puesto de seleccionador?
Es difícil pensar en eso. Ese tipo de propuestas se reciben generalmente al cabo de una trayectoria importante como técnico. Yo no tengo una de ésas.
¿Hay actualmente algún equipo que sueñe con entrenar?
Creo que los sueños deben ser proporcionales al rango de un jugador o de un entrenador. Cuando yo era futbolista, llegué a jugar en el Milan, uno de los mejores equipos del mundo. Entonces podía permitirme el lujo de soñar con jugar algún día en el Real Madrid o el FC Barcelona, porque tenía el estatus necesario. Hasta entonces, me había aferrado a mi sueño monegasco, que simplemente era hacerlo mejor. Pero hoy no tengo derecho a soñar. Ni siquiera tengo la capacidad que hace falta.
*Con información de la FIFA



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